Gabriela Anaya asesora a líderes en cuatro continentes. Trabajaba desde su cocina. Luego descubrió que el lugar donde trabajas cambia cómo piensas.
Gabriela Anaya lleva años acompañando a personas en los momentos más difíciles: transiciones de carrera, crisis de liderazgo, el peso de querer cambiar el mundo sin perder la cordura en el proceso. Es asesora filantrópica, coaches —aunque esa palabra no le gusta— a mujeres líderes en el contexto del cambio ambiental y social, y colabora con una fundación intermediaria global que opera desde África hasta el sureste de Asia.
Con un trabajo así de expandido, una podría asumir que el lugar desde donde trabaja es lo de menos. Que con buena conexión a internet y un buen audífono, cualquier rincón sirve. Gabriela aprendió que no.

¿Cómo terminaste en HAAB?
Llegué después de ver como cinco espacios de coworking que no me convencieron. Una amiga me habló de HAAB y me encantó desde la primera visita. Llevo aquí mes y medio y creo que aquí me quedo un buen rato.
Antes estaba trabajando desde mi cocina —que se había convertido en mi cocina, en el peor sentido. Sentía que estaba perdiendo mi intimidad doméstica, mi vida en casa. La línea entre lo personal y lo profesional se había borrado completamente.
Buscaba algo que fuera una mezcla entre actividad y pausa. Aquí siento que tengo espacio para pensar en silencio, sin muchas interrupciones, y al mismo tiempo la energía de las personas que están aquí se me pasa de una manera buena. Me hace sentir más energizada que lo que es yo sola en una cocina.

No se trata solo de enchufes y wifi confiable —aunque eso ya vale mucho. Se trata de algo más difícil de cuantificar: la inercia del contexto.
Cuando tienes un lugar fijo al que ir, tu cerebro empieza a asociar ese espacio con trabajar. Es el mismo principio que hace que la cama sea mala oficina y el escritorio sea difícil de ignorar. El espacio programa el comportamiento.
Además, hay algo que los cafés nunca van a poder darte: comunidad consistente. Las conversaciones que se repiten. El conocido que te presenta a alguien. La persona que trabaja en algo parecido a lo tuyo y con quien eventualmente colaboras. Ese tipo de conexión no pasa en un café donde nadie sabe tu nombre ni qué haces.
Tu trabajo te conecta con cuatro continentes. ¿Cómo es eso desde adentro, en el día a día?
La fundación con la que colaboro es intermediaria global, así que trabajo con personas en diferentes regiones: alguien en África, alguien en el sureste de Asia, en América Latina. Mi función es acompañarlas en sus procesos de grantmaking —desde aprobar debidas diligencias hasta ser su thought partner mientras desarrollan relaciones con socias locales.
También necesito mucho tiempo de silencio para pensar estrategias por región. Es un trabajo que mezcla muchísimas llamadas con momentos de concentración profunda. Eso es difícil de sostener desde una cocina.
Acompañas a personas en momentos de transición. ¿Qué cambia cuando encuentras el lugar y la comunidad correcta?
Es una muy buena pregunta. Las transiciones —y las preguntas difíciles que cargamos todas las personas, estés trabajando o no— no las dejamos en la puerta cuando llegamos a algún lugar. Las traemos en el cuerpo. La cabeza es parte del cuerpo, pero están dentro del ser.
Lo que sí es cierto es que nosotros no estamos separados de nuestro entorno. Y los entornos tienen un efecto real en cómo procesamos emociones, en cómo procesamos pensamientos.
Un entorno que te hace sentir bienvenida, donde no sientes que tienes que ser performativa, donde encuentras comunidad, donde encuentras paz —ese entorno te permite pausar mejor, navegar mejor esas preguntas complejas que tarde o temprano todos tenemos.
Gabriela es parte de una comunidad de personas que están construyendo algo. Si quieres conocer a los demás miembros de HAAB, puedes hacerlo aquí → haabproject.com/our-members
